Cuando la tierra tiembla
La noticia del terremoto mortífero en Venezuela me llegó mientras escribía un comentario sobre el Génesis (1, 26-28).
Aquí, en el Perú, el anuncio ha suscitado una inmensa emoción: el país acoge a más de un millón de exiliados que han huido de la dictadura de Nicolás Maduro, heredero de Hugo Chávez. En el silencio amortiguado de la espera, muchos aguardan noticias de sus seres queridos.
A pesar de la solidaridad internacional y el despliegue de sus equipos de rescate altamente cualificados, las consecuencias en pérdida de vidas humanas, destrucción de infraestructuras y el número de desaparecidos todavía no se pueden cifrar; pero cada vida humana perdida es una herida irrecuperable para cada uno de nosotros.
El Perú es la zona sísmica más activa del planeta, con sacudidas diarias (cuando están por debajo de 3.0 en la escala de Richter no se notan). El país ha conocido terremotos históricos mayores, como: El de Lima-Callao en 1746 (magnitud 9.0) o el terrible terremoto de Áncash en 1970, donde murieron alrededor de 70.000 personas y que dejó cerca de un millón de damnificados.
Lo antiguo hecho nuevo
Las ciudades y construcciones megalíticas incaicas —Cusco, Sacsayhuamán, Machu Picchu o Huayna Picchu— desafían el tiempo y los terremotos devastadores sin ningún mortero. ¿Su secreto?
Piedras de cimiento talladas en dientes de sierra para oscilar con el suelo.
Bloques de elevación trapezoidales con juntas invertidas que se mantienen por la sola fuerza de presión, a imagen de las claves de bóveda de nuestras catedrales medievales.
Después del devastador terremoto de Áncash, las tecnologías antisísmicas incorporan el saber tradicional heredado de los incas a la tecnología de construcción moderna… ¡y con resultados! El Perú tiene hoy en día una de las legislaciones antisísmicas más estrictas y más efectivas del mundo.
Nota personal: El 15 de junio de 2025, a las 11:37 a. m., estaba en una videoconferencia con Estados Unidos cuando un sismo de magnitud 6.1 azotó Lima-Callao. Mi corresponsal vio la casa donde yo vivía moverse, las paredes temblar y se espantó (yo también). El epicentro estaba a 37 kilómetros en la costa marítima. Hubo dos pérdidas de vidas humanas; en las zonas de urbanización salvaje, la destrucción fue inconmensurable.
Después del terremoto me mudé al vigésimo segundo piso de una torre de 24 pisos. Cuando tenemos un sismo, literalmente veo mi inmueble oscilar y se me revuelve el estómago, ¡pero el edificio se mantiene firme!
Estos cataclismos, nacidos del frotamiento ineludible de las placas tectónicas, nos recuerdan que la naturaleza no es un mundo idílico a lo Walt Disney. Ya que no podemos oponernos a las fuerzas geológicas, nos es necesario adquirir la sabiduría de cohabitar con ellas en una armonía prudente. Es precisamente sobre esta relación concreta con el mundo que la Biblia hebrea nos invita a reflexionar.
Dueño de nada pero siervo de todo
Es bajo esta luz que hay que releer el texto del Génesis en hebreo y en sus primeras traducciones en griego y en latín de los pasajes clave:
Génesis 1:26-28 Y Dios dijo: «Hagamos al ser humano [Heb. Adam, de adamah “tierra”] a nuestra imagen y semejanza, y que vigile/presida [Heb. yirdu] sobre los peces del mar [...]». 27 Creó, pues, Dios al ser humano a su imagen [...], macho y hembra los creó. 28 Y Dios los bendijo y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra y presidan/velad [Heb. yirdu] sobre los peces del mar [...]». (Traducción personal)
En esta etapa, Adam no es un nombre propio.
La Septuaginta (LXX) lo traduce por ánthrōpon (el que alza su mirada a lo que ve).
La Vulgata lo traduce por hominem (acusativo de homo). Este último término comparte en latín la misma raíz que humus (la tierra arable); un juego de palabras sorprendente con el hebreo adamah (el suelo fértil) que estallará en Génesis 2:7. Adam es «el Terrestre», surgido del limo de la tierra.
Creado macho (Zacar) y hembra (Nekeva) —la Septuaginta traduce ársen kaì thêly y la Vulgata masculum et feminam—, esta pareja, este binomio recibe una responsabilidad común y compartida. Al pasar del singular al plural («que vigilen»), el texto establece que la misión incumbe a los dos géneros, portadores de la Imagen Divina.
Vigilar, velar y presidir
El verbo yirdu, que he traducido por «vigilar», «velar por» o «presidir», expresa una polisensibilidad. Ninguna posesión está implicada: la creación no nos pertenece, está confiada a nuestra custodia para que la vida se manifieste y que el mundo —que no está exento de peligros— no nos ponga en peligro. El humano debe establecer un equilibrio que minimice las fuerzas de destrucción recíproca: este es el sentido profundo de yirdu.
Las primeras traducciones del texto bíblico percibían muy bien la fluidez del hebreo:
La Septuaginta traduce yirdu por archétōsan (un señorío de servicio).
La Vulgata por praesit («presidir», como un primus inter pares en medio de sus iguales). Para evitar la repetición en el versículo 28, la Vulgata utiliza dominamini (del verbo dominor, dominar, el dominus, el amo de la casa).
Ahora bien, la raíz de dominor nos lleva precisamente a la domus (la casa). El ser humano es el administrador que cuida de la vivienda para que siga siendo un lugar seguro para todos aquellos que alberga.
Yirdu rechaza la dominación posesiva. Frente a las fuerzas de una tierra que tiembla como frente a la fragilidad de lo vivo, el humano no es un amo absoluto, sino el siervo humilde y responsable del equilibrio, de una relativa seguridad del mundo que le ha sido confiado y en el cual es llamado a vivir.
José Bravo ─ Moshe-Hayim Bravo